domingo, 10 de abril de 2011

Jorge Cuesta

Biografía




 "EL MÁS TRISTE DE LOS ALQUIMISTAS"
Jorge Mateo Cuesta Porte Petit, nació en Córdoba, Veracruz, el 21 de septiembre de 1903. Su niñez, precoz y solitaria, de pocos juegos, transcurrió tranquila con excepción del accidente acontecido al año de nacer cuando, de los brazos de la niñera, el pequeño cayó golpeándose en una parte muy cercana al ojo izquierdo contra el filo de una mesa. Tiempo después, cuando Jorge contaba nueve años, fue intervenido quirúrgicamente para dar solución a la secuela que aquel descuido había dejado en él: un constante lagrimeo. Es esta la razón por la que en las fotos aparece con el párpado a medio cerrar.  
Atraído por las matemáticas, la física, la música y la química, después de concluir sus estudios correspondientes a la preparatoria, se muda a la ciudad de México en 1921 y, al llegar, escribe a sus padres en espera de la autorización para  ingresar al Conservatorio Nacional y hacer realidad una de sus aspiraciones: ser violinista. Finalmente, deja de lado esta idea e ingresa a la Facultad de Ciencias Químicas, concluyendo su carrera profesional cuatro años más tarde -aunque nunca llegaría a presentar la tesis, motivo por el cual no se título. Sin embargo, esto no le impediría ejercer plenamente la pasión por la ciencia en varias instituciones. En el año de 1924, al lado de Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz De Montellano, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Gilberto Owen, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, formaría parte del "grupo sin grupo" o el "archipiélago de soledades" -como dijera Villaurrutia: Los Contemporáneos.  
Como miembro del mismo, acepta prologar la Antología de la poesía mexicana moderna, publicada en 1928, circunstancia por la que, las críticas hechas a ésta recayeron, a la vez, sobre él. Pero, Cuesta, no escatimando jamás en hacer frente al abanico desplegado de las acusaciones realizadas por sus mayores detractores, es decir, a las emprendidas por los escritores "nacionalistas" y los estridentistas -corriente de la cual formaban parte Manuel Maples Arce y Salvador Gallardo Dávalos, entre otros- que tachaban al grupo de cosmopolitas, sin mencionar los muchos adjetivos de que eran objeto, redacta una carta desde París -estancia que duró tan sólo dos meses-, al director deRevista de Revistas, Manuel Horta, exponiéndole las razones por las cuales figuraban incluidos poetas que a él le parecían "destestables", tales como Amado Nervo y Rafael López, mientras que, Manuel Gutiérrez Nájera, igualmente aborrecido, no figuraba dentro de ella.  
El argumento, de sólidos andamios, utilizado para defender la postura que adoptó al atender a la selección, se sintetiza en las inteligentes líneas de esa carta y, para quienes son observadores y poseen el libro de la Antología , en el prólogo mismo que escribió. Ese año, al llegar de Europa, contrae nupcias con Lupe Marín, quién alguna vez fuera esposa de Diego Rivera. En 1930, trabaja para la Subsecretaría de Educación Pública. Con posterioridad, en 1932, ya desaparecida la revista Contemporáneos, editada por el grupo (para ser precisos, ocho meses después, en agosto), funda la más rigurosa y analítica de México: Examen. Si en Ulises algunos de los jóvenes escritores de aquella generación encontraron la libertad del desparpajo, -Novo y Villaurrutia- descubriendo otros caminos, y en Contemporáneos pusieron al país a la vanguardia de los movimientos que estaban gestándose o realizando ya en otras partes del mundo como Francia, Alemania, Estados Unidos o España (recordemos que la mayoría de ellos sino es que todos, eran lectores de Revista de Occidente de Ortega y Gasset y de la Nouvelle Revue Francaise), en Examen, cuyo director era el miembro más obstinado y batallador en cuanto a las cuestiones intelectuales se refería, se llevó a cabo una exposición metódica de la cultura donde, a diferencia de las otras dos mencionadas líneas antes, la política, la crítica social y la filosofía, tenían cabida dentro de sus páginas, conjugándose con la literatura. Es éste un indicio del advenimiento de las revistas "modernas". Examen, tuvo el honor de ser la primera. Lamentablemente, sólo tuvieron la oportunidad de ver la luz tres números. Maples Arce, inició una querella legal (con esas argucias leguleyas que todos conocemos), alegando que se estaban cometiendo atentados contra la moralidad de la sociedad en turno y que, tanto el director como ese maldiciente autor que publicaba cierta novela a entregas -al estilo de Payno con El fistol del diablo- debían ser consignados y procesados por la justicia (el autor del que hablo es Rubén Salazar Mallén y la "soez" novela, Cariátide).  
Luego de la trifulca que obligó a dar por terminada la revista, colabora en otras y escribe para algunos periódicos como El Universal, y publica dos ensayos de corte político (1934): El plan contra Calles y Crítica de la reforma al artículo tecero. En 1938, entró como jefe del departamento de laboratorio en una industria de azúcares y alcoholes –ya antes, a partir de 1932 y hasta 1937, había trabajado en la Sociedad de Productores de Alcohol. Allí, absorbido por sus inclinaciones científicas, llevaba a cabo experimentos con enzimas –de las que, se dice, llegó a inyectarse- y hacía investigaciones con sustancias de diversa índole -a saber, entre tantas más, una impedía la maduración de los frutos y otra permitía, después de su ingestión, beber toda clase de alcoholes sin llegar a un estado de embriaguez. Es, precisamente, en este lapsus de su vida, en que principia su obsesión, buscando aquéllo que según los gnósticos había encontrado Paracelso: el elixir de la vida.  
Aunque el poeta, con sus invenciones de fómulas químicas, no tuvo la fortuna de hallarlo, si encontró este otro proscrito: la locura -decía Dryden, "la locura es un placer que sólo el loco conoce". Esto, aunado a otras angustias morales, lo llevaron a una serie de instituciones asilares. En la última, cometió suicidio el 13 de agosto de 1942, estando en la plenitud de su vida, pero ya no en la más vasta lucidez intelectual como para discernir lo verdadero de lo ficticio -aunque, ¿quién dicta qué es lo racional? quizá la enajenación es la ventana, más que la ventana, la puerta a la verdadera razón, esa otra cara de la moneda que, nosotros, precisamente por "cuerdos", no logramos evidenciar, permaneciendo una posible "realidad real" invisible a nuestros ojos.  
Al quitarse la vida, contaba apenas con 38 años. En palabras de Villaurrutia, Jorge Cuesta fue "el más universalmente armado de los escritores del grupo, porque la filosofía, la ciencia, la estética, la crítica y la poesía, lo atraían con la misma fuerza".


Obras


OBRA PUBLICADA:

El plan contra Calles (1934)
Poesía de Jorge Cuesta (1942)
Crítica de la reforma del Artículo Tercero (1943)

COMPILACIONES

Poesía de Jorge Cuesta (1958)
Poemas y ensayos, 4t. (1964)
Antología (1977)
Poemas, ensayos y testimonios, vol.5 (1981)
Poesía y crítica (1991) 



                                                                   jjorge cuesta (1903-1942)


Obras

DIBUJO
Suaviza el sol que toca su blancura,
disminuye la sombra y la confina
y no tuerce ni quiebra su figura
el ademán tranquilo que la inclina.

Resbala por la piel llena y madura
sin arrugarla, la sonrisa fina
y modela su voz blanda y segura
el suave gesto con que se combina.

Sólo al color y la exterior fragancia
su carácter acuerda su constancia
y su lenguaje semejanza pide;

como a su cuerpo no dibuja y cuida
sino la música feliz que mide
el dulce movimiento de su vida.


ELEGÍA
Después que mis ojos comprobaron que ya no la veía,
después que mis oídos penetraban en vano el silencio
que sus ruidos abandonaron, 
sus paseos, sus palabras,
y que la muerte me dió una impresión certera y durable de su vacío,
la lluvia invadió súbitamente con su presencia nueva
mis sentidos desolados
y mi se apoyó mi vida en sentirla.
Y cuando alguien vino a hablarme de la civilización europea,
en vez de la lluvia, vi los trenes de Europa y sus paisajes a los lados,
los castillo que no hay en América 
y recordé el castillo de Windsor
y cuando me estiré para verlo hasta que se perdía.
Pero se trataba de la fatiga de la vida,
de la pérdida de su frescura religiosa,
de la revolución social y de los hombres que no tienen ninguna fe
y se asoman a los ruidos confusos para discernir una voz,
y ven las nubes informes para sorprender una figura.
¿Y yo qué fe tenía?. Yo hablaba de la fe y eso me hacía vivir
durante ese momento
como tenerla hacía vivir más largamente,
y en los huecos de mi pensamiento y de mis palabras
renacía la lluvia y la puerta que enmarcaba sus hilos
y el tejado enfrente de donde escurrían los chorros más gruesos.
Pero hay todavía huecos
que no se abren ya sobre otra cosa distinta,
que no ven a otra lluvia, ni a más imágenes ni a más recuerdos:
hay huecos que se abren sólo a un vacío silencio
de donde ella partió y donde no crece nada...


NO AQUEL QUE GOZA, FRÁGIL Y LIGERO
No aquel que goza, frágil y ligero,
ni el que contengo es acto que perdura,
y es en vano el amor rosa futura
que fascina a cultivo pasajero.

La vida cambia lo que fue primero
y lo que más tarde es no lo asegura,
y la memoria, que el rigor madura,
no defiende su fruto duradero.

Más consiente el sabor áspero y grueso,
el color que a la luz se desvanece,
la materia que al tacto se destroza.

Y en vano guarda su variable peso
el árbol y su forma se endurece,
y el mismo instante se revive y goza.


HORA QUE FUE, FELIZ Y AUN INCOMPLETA
Hora que fue, feliz y aun incompleta,
nada tiene de mí más todavía,
sino los ojos que la ven vacía,
despojada de mí, de ella sujeta.

La vida no se ve ni se interpreta;
ciega asiste a tener lo que veía.
No es, ya pasada, suyo lo que cría
y ya no goza más lo que sujeta.

Es el eterno gozo quien apura
el ocio vivo y la pasión futura.
Sobreviviendo a su interior abismo,

el amor se obscurece y se suprime,
y mira que la muerte se aproxime
a la vana insistencia de mí mismo.

Comentario literario




JORGE CUESTA, CONTEMPORÁNEO: LOS AÑOS DE EXAMEN Y SUS ENSAYOS. POR G. SHERIDAN
Dentro del grupo de los Contemporáneos —al que, dicho sea de paso, se sumó poco y tarde— Jorge Cuesta había sido una presencia borrosa. En 1928, cuando firma la Antología de la poesía mexicana moderna, no faltó quien declarase su inexistencia ni quien lo degradase en la escala biológica: alguien lo acusó de ser chivo expiatorio; otro (Abreu Gómez) lo llamó "el perro de presa del grupo al que pertenecía; era una debilidad suya de la cual no pocos abusaron con mala fe"(1). Hasta la polémica de 1932 (2) y hasta que comienza a editar Examen, el sinuoso Cuesta se empecina en conservarse al margen. Publica poco, escribe muy lentamente su trabucada poesía, no frecuenta los mentideros literarios y parece prepararse para la agitada vida pública que comenzará con su revista. En todo momento, Cuesta asumirá la responsabilidad del debate público con un inflexible sentido de la responsabilidad intelectual. Resumo un comentario sobre su persona que ya he publicado antes: interesado en nadar contra la corriente en una cultura propensa a la molicie, al acriticismo y al consecuente uso interesado de la actividad intelectual, Cuesta era un heterodoxo regido por una inteligencia batalladora y adversa a cualquier concesión. 
La presentación del libro se llevará a cabo el viernes 18 de septiembre en la Unidad de Artes de la UV. Estará presente el investigador Miguel Capistrá

Carlos Peciller

Biografía

(Villahermosa, 1899 - ciudad de México, 1977) Poeta mexicano. Considerado el poeta de más amplio registro y mayor intensidad de la primera mitad del siglo XX, abrevó en la fuente de las corrientes de vanguardia y las asimiló en una obra original y consistente. Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria de México y, posteriormente, hizo estudios en Bogotá, Colombia. Profesor de Literatura y de Historia en escuelas secundarias, fue un excelente periodista y un fino y agudo crítico literario. Como promotor cultural, fue museógrafo e impulsor de las artes plásticas, y en su faceta política ejerció la diplomacia y fue senador de la República.
Integrante del círculo de creadores formado en torno a la revista Contemporáneos, a diferencia de ellos no se inclinó por una poesía metafísica, centrada en la conciencia. Se interesó, más bien, en la exuberancia del paisaje natural y los elementos que lo integran (el aire, el viento, el fuego). De ahí que la crítica no considere racionalista su poesía, sino más bien un canto que celebra al mundo.
Destacan en su obra Colores en el mar y otros poemas(1921), la lírica amorosa de Hora de junio (1931) y el aspecto religioso de Práctica de vuelo (1937). Su manera singular de contemplar e interpretar la vida da a su verso perfiles personales, ya hable de amor humano o se eleve a cantar al amor divino. Enemigo acérrimo del nerudismo, que consideró una plaga para América, fue uno de los escritores más populares de su país. Recibió en 1954 el Premio Nacional de Literatura.

Bibliografía
  • 1921Colores en el mar y otros poemas
  • 1924:
    • Piedra de sacrificios
    • Seis, siete poemas
    • Oda de junio
  • 1927Hora y 20
  • 1929Camino
  • 1931Cinco Poemas
  • 1933Esquemas para una oda tropical
  • 1934Estrofas al mar marino
  • 1937Hora de junio (1929-1936)
  • 1940Ara virginum
  • 1941:
    • Recinto y otras imágenes
    • Exágonos
  • 1946Discurso por las flores
  • 1949Subordinaciones
  • 1950Sonetos
  • 1956Práctica de vuelo
  • 1961El trato con escritores (colectivo)
  • 1962:
    • Material poético 1918-1961
    • Dos poemas
    • Con palabras y fuego (Ed. Tezontle, Fondo de Cultura Económica; retrato frontispicial por Alfonso Ayala)
  • 1965Teotihuacan y 13 de agosto: ruina de Tenochtitlán
  • 1966Bolívar, ensayo de biografía popular
  • 1972Noticias sobre Nezahualcóyotl y algunos sentimientos
  • 1976Cuerdas, percusión y alientos

Obras póstumas

  • 1978:
    • Reincidencias
    • Cosillas para el nacimiento
  • 1981: Edición de su Obra Poética a cargo de Luis Mario Schneider
  • 1985Cartas desde Italia
  • 1987Cuaderno de viaje
                                                              El poeta mexicano Carlos Pellicer

Obras

ESTUDIO

A Pedro Henríquez Ureña

Jugaré con las casas de Curazao,
podré el mar a la izquierda
y haré mas puentes movedizos.
¡Lo que diga el poeta!
Estamos en Holanda y en América
y es una isla de juguetería.
con las cuerdas de la lira
y los pañuelos del viaje,
haremos velas para los botes
que no van a ninguna parte.
La casa de gobierno es demasiada pequeña
para una familia holandesa.
Por la tarde vendrá Monet
a comer cosas azules y eléctricas.
y por esa callejuela sospechosa
haremos pasar la Ronda de Rembrandt.
… pásame el puerto Curazao!
isla de juguetería,
con decretos de reina
y ventanas y puertas de alegría.


DESEOS

A Salvador Novo
Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color.
Todo lo que yo toque
se llenará de sol.
En las tardes sutiles de otras tierras
pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
Déjame un solo instante
dejar de ser grito y color.
Déjame un solo instante
cambiar de clima el corazón,
beber la penumbra de una cosa desierta,
inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
ahondarme en el manto de pliegues finos,
dispersarme en la orilla de una suave devoción,
acariciar dulcemente las cabelleras lacias
y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
¡Oh, dejar de ser un solo instante
el Ayudante de Campo del sol!
¡Trópico, para qué me diste
las manos llenas de color!

GRUPOS DE PALOMAS

A la señora Lupe Medina de Ortega

1

Los grupos de palomas,
notas, claves, silencios, alteraciones,
modifican el ritmo de la loma.
La que se sabe tornasol afina
las ruedas luminosas de su cuello
con mirar hacia atrás a su vecina.
Le da al sol la mirada
y escurre en una sola pincelada
plan de vuelos a nubes campesinas

2

La gris es una joven extranjera
cuyas ropas de viaje
dan aire de sorpresas al paisaje
sin compradoras y sin primaveras

3

Hay una casi negra
que bebe astillas de agua en una piedra.
Después se pule el pico,
mira sus uñas, ve las de las otras,
abre un ala y la cierra, tira un brinco
y se para debajo de las rosas.
El fotógrafo dice:
para el jueves, señora.
Un palomo amontona sus erres cabeceadas,
y ella busca alfileres
en el suelo que brilla por nada.
Los grupos de palomas
—notas, claves, silencios, alteraciones—,
modifican lugares de la loma

4

La inevitablemente blanca,
sabe su perfección. Bebe en la fuente
y se bebe a sí misma y se adelgaza
cual un poco de brisa en una lente
que recoge el paisaje.
Es una simpleza
cerca del agua. Inclina la cabeza
con tal dulzura,
que la escritura desfallece
en una serie de sílabas maduras

5

Corre un automóvil y las palomas vuelan.
En la aritmética del vuelo,
los ochos árabes desdóblanse
y la suma es impar. Se mueve el cielo
y la casa se vuelve redonda.
Un viraje profundo.
Regresan las palomas.
Notas. Claves. Silencios. Alteraciones.
El lápiz se descubre, se inclinan las lomas,
y por 20 centavos se cantan las canciones.


SEGUNDA VEZ

Lo que me importa el mundo
desde la sombra eléctrica del aeroplano.
-- Soy un poco de sol desnudo
libres de los pies y de las manos.
Estoy, solamente,
estoy, nada más.
El cielo en mi frente
cambiándome el mar.
El motor que perfora el aire espeso
algo tiene de bólido y toro.
Pasamos muy cerca del queso
de la luna matinal, leche y oro.
Bajo las alas tensas, plásticas,
la naturaleza es un proyecto aceptable,
las mujeres nunca han sido románticas
y la patria es continentalizable.
El mundo es una pobre cosa
llena de gusto yanquis y consideraciones.
Mas desde el aeroplano se medita en la gloria
de unir banderas y cantar canciones.
Se ve hasta el Polo Sur.
(Naturalmente. Con los anteojos de mis ojos.)
En el idioma quedan lo rápido y lo azul
dominando un mapa incoloro.
Abajo están las viudas y los juristas,
la Emulsión de Scout y los grandes deudores.
( Por un momento el alma se contrista
como un poco de viento sobre un campo sin flores.)
Se raja la hélice mil veces por minutos.
Una nube pasó sin volar.
abajo, en el fondo del mundo
la tinta del poema se ha empezado a borrar.

Comentario Literario
Conversación con Pellicer
 por José Joaquín Blanco




En septiembre de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una oda tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.
Era típico de la arrogancia y del sentido del humor de Pellicer preferir un novato a los señorones de la literatura mexicana para la presentación de su libro, ¿pero qué diablos iba yo a decir? Pellicer hacía gala de su desprecio por la pedagogía y por la crítica (luego me enteré que había sido pedantísimo como profesor, como en algún curso universitario sobre Díaz Mirón, al que asistió el joven Jaime Sabines; y llegué a presenciar conferencias suyas en la Casa del Lago, donde hacía oralmente crítica literaria densísima, particularmente diestra en cuestiones métricas y sonoras), de modo que ir a leerle a la cara un ensayo me resultaba embarazoso.
Además, Pellicer tenía mucho de un comediante socarrón, sobre todo con discípulos tímidos y embobados como yo; capaz que se me ponía a bostezar abiertamente mientras yo lo elogiaba; y si se me ocurría alguna crítica —como ya había pasado en nuestras conversaciones en su casa, junto a los pequeños Velascos que le robaron—, ¡qué tremolina de gran guiñol era capaz de armar! ¡Cómo se llamaba a la guerra del fin del mundo!
Había visitado casi semanalmente durante más de un año a Pellicer para platicar sobre Vasconcelos, y el trato amable y generoso con que me distinguió en ese tiempo se estaba convirtiendo en una pequeña camaradería, ahora que mi libro vasconceliano estaba terminado y en trámites de publicación (lo aprobó y recomendó generosamente, pero dudo que haya leído todo el manuscrito). Me invitaba con frecuencia a platicar sobre cualquier cosa y me insistía en que le llevara poetas y escritores jóvenes. Quería "oír" sus textos. (Le daba flojera leerlos, pero podía pasarse un buen rato oyéndolos leer en voz alta. Claro que interrumpía mucho, no con observaciones sobre el texto, sino sobre la forma de leerlo en voz alta.)
Sí escribí, de cualquier modo, un comentario sobre Esquemas para una oda tropical, que se publicó en Siempre! y que no le disgustó del todo. Pero urdí para la presentación una especie de entrevista arreglada. Esbocé un pequeño cuestionario, que él corrigió y aumentó, y se suponía que después de cada una de sus respuestas él leería un fragmento oportuno que yo había seleccionado. Mecanografié y fotocopié un verdadero guión de la entrevista, con los fragmentos transcritos, y lo ensayamos (a petición suya) en su casa.
Llegamos al auditorio Gonzalo Robles del Fondo de Cultura Económica (a las 7 de la noche del 25 de agosto) con sendas copias del guión. Pellicer iba muy echeverrista, con una chaqueta clara de cuero, partiendo plaza por Avenida Universidad. Se veía fresco y vigoroso; nadie imaginó que le quedaba apenas medio año de vida.
Y empezó el lío. Cuando le tocaba hablar, digamos, del sentido cristiano de la muerte —tema en el que él había insistido muy enfáticamente—, se ponía a contar anécdotas chuscas, como aquélla de la sobrina con quien Díaz Mirón quería casarlo... ¡porque, desde luego, los dos grandes poetas debían emparentar!
Me llamé a paciencia: había que dejar jugar al viejo. Prendí nerviosamente un cigarro. Pellicer entonces suspendió la charla, con cómica cara de escándalo, una mueca casi de cine mudo, y señaló con todo el brazo el letrero rojo de "Prohibido fumar". Más tardé en apagar mi cigarro que él en prender el suyo, tosiendo de risa: "¡Pero señor Blanco, no hay que tomar la vida tan en serio!" Y para desenfadarme se soltó algunos alegres pronósticos sobre mi futuro literario, que todavía estoy esperando que, desde el cielo, me haga efectivos.
Algo, sin embargo, quedó de la entrevista que tan concienzudamente habíamos planeado y ensayado. Nunca lamentaré bastante no haber llevado un diario en esos años —sí lo llevaba, pero lo rompía a cada rato, cuando se me ocurría leerlo: sólo se puede escribir un diario cuando uno se garantiza no leerlo jamás—, para recordar esa conversación. Por fortuna asistió una reportera del El Día, Cheli Zárate, armada de grabadora, que reprodujo textualmente algunos momentos de la entrevista.
—Maestro, en la nota que encabeza el libro, dice usted: "La publicación de estos dos poemas es el testimonio de una frustración: no pude escribir la Oda tropical de acuerdo con el proyecto de hace muchos años", ¿nos podría contar algo de ese proyecto, de las experiencias de las que surgió y del hecho extraordinario que un poeta persiga durante casi cuarenta años un poema que le es fundamental?
—Hace cerca de cuarenta años concebí la construcción de un poema que se llamaría "Oda tropical" y que se realizaría a base de coros. Coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas. Una soprano coloratura para el Aire. Una soprano dramática para la Tierra. Una soprano menor para el Agua. Un barítono para el Fuego. Dentro de ellos había un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros mezclándose a veces en una operación audiovisual... Pero me sentí frustrado. Pensé luego en un poema sobre el Valle de México, para equilibrar mi vida de escritor, entregándome a la vivencia humana en el Valle de México...
—Al final de la Primera intención del poema, las Cuatro Voces Fundamentales se confunden con la del poeta. Maestro, ¿podrían considerarse ambas intenciones como un camino hacia la identificación de la voz humana con las naturales, de la vida personal con la vida de la naturaleza?
—Creo que aun cuando parezca vanidoso ante ustedes, mi convivencia con la naturaleza se dio cuando yo tenía seis años y vi el mar por primera vez. La impresión que me dio tiene un motivo de fuerza, después el bosque no alcanzó a darme la salud primera que me dio el mar. Cuando conocí el bosque mi vida espiritualmente cambió. El recinto vegetal y el agua han conformado la parte espiritual y la física de mi ser. Llegué a ser un montañista, aunque de segunda...
Comentó la reportera: "Más que una presentación fue un diálogo. El joven poeta José Joaquín Blanco se encargó de hacer las preguntas al autor... El maestro rompió con la seriedad de las preguntas y habló de los grandes poetas castellanos y latinoamericanos, y de su convivencia con algunos de ellos, a veces sus maestros, a veces amigos, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano y Díaz Mirón. También se refirió a Chichén Itzá [y a algún cenote] 'en cuyas aguas navegaba cuando vi deslizarse una serpiente llamada nauyaca, considerada como una de las más terribles del mundo'... El interlocutor y el autor estuvieron totalmente de acuerdo en la parte final de la conversación: en una de las últimas estrofas ocurre el momento más dramático del poema: 'El drama de la vida se hizo para verse, no para ocultarse', del que surge un impulso de gloria y resurrección: el quetzal que retoña del árbol destruido, dejando el poema abierto a una realidad de esperanza".



                                                                       Secretaría de Turismo del Estado de Tabasco

Bernardo Ortíz de Montellano


Biografía

(México, 1899 - 1949) Poeta y escritor mexicano. Fue miembro del grupo Contemporáneos, jefe de redacción de El Trovador, revisor de libros en la Secretaría de Educación Pública (SEP) y maestro de la Escuela de Verano de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Fundó con los demás miembros de su generación la revista Contemporáneos (que dirigió de 1929 a 1931), además de ser el director de Letras de México (1941) y participar en la fundación de Cuadernos Americanos.
Se distinguió como forjador de una lírica orientada hacia el posmodernismo, que comprende desde la inmersión reminiscente en el pasado (Avidez, 1921; El trompo de los siete colores, 1925) hasta la concreción sensualista de un imaginismo elegante y preciso (Red, 1928; Muerte del cielo azul, 1936). Arregló traducciones de poesía náhuatl e elaboró un folleto sobre la poesía indígena en México, a la que quería revalorizar. La influencia de esta poesía se deja sentir en Martes de carnaval y sobre todo en dos escenificaciones de títeres: El sombrerón (1946) y La cabeza de Salomé.

Bibliografía

  • Figura, amor y muerte de Amado Nervo (1943).
  • Literatura indígena y colonial mexicana (1946).
  • El sombrerón (1946).
  • El caso de mi amigo Alzafeta (1946).
Entre sus ensayos son particularmente interesantes:
  • Literatura indígena y colonial mexicana (1946)
  • Literatura de la Revolución y Literatura revolucionaria (1930).

Obras

ESE BUSTO DE YESO

Ese busto de yeso que respira
lunas de noche antiguas y metales
rodillas mutiladas desiguales
que si la noche cubre el sueño mira.

Esa mano de flores que conspira
al abrir y cerrar dedos cristales,
sonrisa y caracol en espirales,
ajeno mar donde la voz expira.

Estos ojos de verdes vegetales
que el fuego muerto de los goces gozan
y a lo oscuro me miran inmortales.

Y esta sombra de luz donde se rozan
las lamas y los cuerpos reposan.
Vivos sueños, bellezas funerales.




PARAISO DEL AIRE
Paraíso del aire congelado,
muerte de cielo y tierra celadores.
¿De qué color los ojos? Los colores.
más por su vibración que por su grado.

Y más por la mirada miradores
que por la luz los ojos que he soñado
cuerpo que flota sin pesar, velado
en un clima de puros impudores.

¿Es la sonrisa, paladar de voces?
¿La mano que agoniza y que suspira?
¿La lentitud con que la mata el fuego?

Oigo lo que no dice si respira:
Es toda la memoria de mis goces
que sólo yo contemplo a solas ciego.




SUEÑO DE AMOR PERFECTO
Amor de sueño amante que otro cielo
revive en su interior desdoblamiento,
unión la de los ojos y el aliento
que las manos aparta de su celo.

Amor de cuerpo y sombra ceniciento 
de paisajes recónditos al hielo
de color y de aroma y de desvelo
puro como la muerte y como el viento.

amor que de la carne vuela al sueño 
y en él imagen que desnuda anude
la ribera sin ámbito de cuerpo.
o
Amante que en su sombra se desnude
y en su sangre redima lo que fluye
y descubra en su sueño lo que sueño.




NO LA AMANTE
No la amante, el amor. La singladura 
de la noche que arrastra fuego frío
por las venas del sueño, poderío
de la encendida palidez oscura.

El amor, no la amante. El goce mío,
la imagen que desbasto. La onda pura
que invade entre las ruinas mi locura
de tallar en diamante lo sombrío.

No la amante, el amor que le dio la vida.
Lo que mi mano roza y estos ojos
desojan, lo que nace de la herida

soledad en la noche de mi sueño;
¡encarnación que vive entre despojos,
de la que soy - oh dulce sangre - dueño!

Critica literaria

En Bernardo Ortiz de Montellano se cumple un proceso que, fatalmente, se convierte en destino; o, si se prefiere, una trayectoria poética que resulta representativa de su generación y en tanto cual prefigura y consuma una serie de etapas comunes a sus miembros. Sus primeros poemas, recogidos en Avidez (1921), corresponden al último momento del modernismo en México, convaleciente de la intervención que operó en él Enrique González Martínez a la vez que próximo al desmantelamiento que la vanguardia se encargaría de realizar. Si algo puede observarse en estos primeros poemas, es la destreza para captar y reproducir las modalidades de la época. Ningún aspecto distintivo, ninguna originalidad.
Ortiz de Montellano liquida esta primera etapa al año siguiente de la publicación de Avidez. En La Falange, revista literaria que codirige con Jaime Torres Bodet de 1922 a 1923, se sumó a la vitalidad y el espíritu de renovación que debía mucho a las pautas marcadas por José Vasconcelos y la revista El Maestro (1921-1923) a la cultura nacional. El descubrimiento del folclor, de la poesía popular, entusiasma a Montellano. En La Falange, en la sección “A.B.C.”, recopila la literatura popular: corridos, canciones de cuna, canciones de juegos, leyendas, y él mismo incurre en el género con canciones como “El soldadito de plomo”, poesía inocente y corridos patrióticos. Explaya propósitos: “Los senderos literarios de hoy van más que nunca al pueblo y más que siempre valdrá un autor hasta que su obra haya sido asimilada por el pueblo de quien la recibe y a quien la debe devolver”.
Transición y apuesta, su segundo libro, El trompo de siete colores (1925), contiene ya escasos rasgos de esta afición popular. Ahí, la ingenuidad y la espontaneidad se hallan disueltas en un afán más depurado, integrando a una poesía marcadamente culta los tonos y las claves de la expresión popular (“Fruta”, “Los cinco sentidos”), al tiempo que en otros poemas (“Peces de Ziragüén”) incursiona en una poesía de mayor elaboración y complejidad que insinúa, con predominio de lo visual, aventuras y rompimientos posteriores.
Red (1928) es ya el imperio de la innovación. Esas prosas poemáticas, muy representativas, tienen su paralelo en las de Línea, de Gilberto Owen, y en algunos de los hallazgos del Salvador Novo de los XX poemas. El paisaje mexicano, varias de las entonces recientes consignas agraristas y populistas, se vanguardizan estéticamente y reciben un trato desenfadado e irónico (“El aeroplano”, “Pájaros adivinadores”, “Lotería”, “Agrarismo”).

De 1929 a 1931, Montellano dirige la más importante revista cultural del momento, una de las mejores publicaciones (periódicas y no periódicas) en lo que va de nuestro siglo.Contemporáneos, la revista y sus realizadores, han ejercido una influencia determinante no sólo en la generación inmediata, que tomó de ambos muchas de sus cualidades (Octavio Paz), sino también en las posteriores. Parte de la más reciente promoción de escritores mexicanos ha encontrado ahí una renovada decepción de nuestro subdesarrollo. Y aunque las influencias a menudo derivan en reiteraciones y torpes resurrecciones, el ejemplo de rigor, profesionalismo, calidad e inteligencia, continúa como un reto y un modelo insuperable.

Así como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo se marginan con la expresión del amor homosexual, y Gilberto Owen con el “pecado de nombrar”, Montellano elige su propio reducto: el sueño. El tema, que devendrá obsesión, terminará por alejarlo radicalmente del folclor y los intentos de acercamiento a lo popular (posibles, por otra parte, cuando aún no eran objeto de la mera declamación panfletaria; imposibles cuando se transforman en consignas oficiales y de falansterios de artistas revolucionarios). Es cuandoContemporáneos orienta sus preocupaciones a la integración de la cultura universal, que Montellano se lanza a la expresión del mundo onírico y escribe sus dos poemas más conocidos: “Primer sueño” y “Segundo sueño”. El segundo corresponde propiamente a la experiencia sufrida por los efectos de la anestesia y, como el primero, desarrolla poéticamente el “argumento” de un viaje al interior de sí mismo.

De la seductora vacilación de la vida y la muerte, del vital regreso, afirmación de la sensualidad, gozo de los sentidos, que opera al fin de este “Segundo sueño”, Montellano pasa en poemas posteriores al triunfo de la retórica de la muerte y la decepción, que también marcaron a sus contemporáneos. De ello es muestra Hipnos, libro en que recoge los poemas publicados en revistas y periódicos, incluyendo el emotivo y excepcional “Himno a Hipnos”, desolador como registro de una realidad en que el “lirismo lógico… ha reducido al hombre a ser un placentero bazar de cosas inútiles”, estimulante sin embargo como invocación a un poder incendiario y renovador. El sueño es ya sólo muerte, y el mundo se vuelve yermo como en Eliot:


Cuando en la tierra estéril el hombre estéril
la mujer infecunda la lluvia ausente
se repartan los últimos frutos de la vida.

Posteriormente, Montellano se dedicará a tomar nota de sus sueños en un Diario de mis sueños (simples y muy prescindibles recurrencias), donde la preocupación onírica se vuelve fastidiosa costumbre cotidiana y cae en lugares comunes como la sospecha de la certidumbre de un poder premonitorio y el azoro ante coincidencias inexplicables. Su actividad literaria y cultural, reincide en el periodismo. Colabora en Letras de México y en Cuadernos Americanos,entre otras revistas, y es autor de una excelente traducción de Miércoles de ceniza, de T. S. Eliot, aparecida en 1946.



Manuel Fernández Perera 

José Gorostiza

Biografia
Nació el 10 de noviembre de 1901, en San Juan Bautista, actualmente Villahermosa (Tabasco). Este poeta mexicano perteneció al grupo de los Contemporáneos, junto con otros destacados exponentes literarios. Nombres como Xavier Villaurrutia , Carlos Pellicer, Gilberto Owen y Jaime Torres Bodet, se ubican en esta corriente, en búsqueda de lograr una poesía con rasgos de universalidad.
Era un hombre sereno y reflexivo, con una búsqueda continua de su esencia y de lo trascendente. Su obra es profundamente espiritual, caracterizada por el simbolismo y la exaltación de la belleza formal.
Tuvo la influencia de escritores franceses e ingleses. Fue crítico literario y de las artes plásticas, dedicándole además, mucho tiempo de su vida al servicio público. Trabajó en el Servicio Exterior, a partir de 1927, representando a la diplomacia mexicana en Londres, Copenhague y Roma. Ingresó como numerario en la Academia el 22 de marzo de 1955.
Sus creaciones se reducen a dos libros: “Canciones para cantar en las barcas” (1925), que contienen poemas sencillos en apariencia, pero plenos de significación. Poemas líricos, populares que cuidan la métrica decimal, para ahondar en el alma.
Su otro libro: “Muerte sin fin” (1939), expresa en versos más complejos, una búsqueda metafísica de su yo interior y del sentido del universo y de la muerte. Es un poema crítico y dialéctico, rico en técnica y contenido, que explora temas como la vida, la belleza, Dios, el hombre y el conocimiento de la muerte.
Falleció en México, D.F., el 16 de marzo de 1973.

Bibliografia
Destacan sus poemarios Canciones para cantar en las barcas (1925) y, sobre todo, Muerte sin fin (1939) y Poesía (1964).
                                                JOSÉ GOROSTIZA 
Obras

Borrasca

Noche, madre sombría,
de nubes negras y relámpagos ágiles,
cuyos gritos de luz al mar doblegan:
Menesteroso de silencio, pido
tres palmos de la orilla
desolada,
de donde pueda regresar sencilla,
como un fuego marino, la mirada.
Nublada debo de tenerla ahora,
mientras el mar castiga sus lebreles,
si tú piensas la angustia de una estrella
- viento del norte la desprende el oro -
y yo, sin los resabios
del camino,
en un beso feliz, añejo vino,
dulce soplo de brisa entre losa labios.
En el mismo sendero son viadores
un límpido crepúsculos de luna
y el pájaro fugaz de la tormenta.
Para un mismo viajero
se divide en jornadas el camino,
porque pasan la aurora y el copo del lucero
vespertino
en un solo sendero.
Noche, madre sombría:
Cuando llegue el minuto negro de mi borrasca,
hazme sufrirlo aquí, junto a la orilla
del agua amarga.
que, si me vienen ganas de llorar,
quiero tener azules las ideas,
y en mis palabras el sonar
de las mareas.


El enfermo

Por el amplio silencio del instante
pasa un vago temor.
Tal vez gira la puerta sin motivo
y se recoge una visión distante,
como si el alma fuese un mirador.

Afuera canta un pájaro cautivo,
y con gota fugaz el surtidor.

Tal vez fingen las cortinas altas
plegarse al toque de una mano intrusa,
y el incierto rumor
a las pupilas del enfermo acusa
un camino de llanto en derredor.

En sus ojos opacos, mortecinos,
se reflejan las cosas con candor,
mientras la queja fluye
a los labios exangües de dolor.

Cuenta la Hermana cuentas de rosario
y piensa en el Calvario
del Señor.

Pero invade la sombra vespertina
un extraño temor,
y en el péndulo inmóvil se adivina
la séptima caída del amor.

Tal vez gira la puerta sin motivo.
Afuera canta un pájaro cautivo,
y con gota fugaz el surtidor.


Elegía
                                                               A Ramón López Velarde
Solo, con ruda soledad marina,
se fue por un sendero de la luna,
mi dorada madrina,
apagando sus luces como una
pestaña de lucero en la neblina.
El dolor me sangraba el pensamiento,
y en los labios tenía,
como una rosa negra, mi silencio.
Las azules cenéforas de la melancolía
derramaron sus frágiles cestillos,
y el sueño se dolía
con la luna de lánguidos lebreles amarillos.
Se pusieron de púrpura las liras;
las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,
cortaron las espiras
blandamente aromadas de sus trenzas.
Y al romper mis quietudes vesperales
lo gris de estas congojas,
las oí resbalar como a las hojas
en los rubios jardines otoñales.
Apaguemos las lámparas, hermanos.
De los dulces laúdes
no muevan le cordaje nuestras manos.
Se nos murieron las siete virtudes,
al asomar
los finos labios del amanecer.
¡Ponga dios una lenta lágrima de mujer
en los ojos del mar!


Espejo no: marca luminosa...
Espejo no: marca luminosa,
marca blanca.

Conforme en todo al movimiento
con que respira el agua

¡cómo se inflama en su delgada prisa
marea alta

y alumbra -qué pureza de contornos,
qué piel de flor- la distancia,

desnuda ya de peso,
ya de eminente claridad helada!

Conforme en todo a la molicie
con que reposa el agua,

¡cómo se vuelve hondura, hondura,
marea baja,

y más cristal que luz, más ojo,
intenta una mirada

en la que -espectros de color- las formas,
las claras, bellas, mal heridas, sangran!

José Gorostiza, en una fotografía tomada del libro La literatura mexicana del siglo XX,editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Arte


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